El vínculo de apego no surge de repente ni espontáneamente; su desarrollo sigue un proceso y requiere que se den algunas condiciones, como que las interacciones con las figuras de apego sean prolongadas y estables o que el niño y la niña sea capaz de distinguir entre personas familiares y las que no lo son o de comprender que las personas reaccionan de forma «predecible» y que continúan existiendo aun cuando no estén delante de él o ella.

El desarrollo del apego tiene lugar en cuatro fases (Ortiz, Fuentes y López, 1999; Sroufe, 1985):

1. Fase del preapego (del nacimiento hasta las 6 semana).

En esa etapa el bebé no muestra conductas de apego; no centra su atención exclusivamente en sus cuidadores más cercanos, sino que atiende de forma indiscriminada a las personas, emite conductas innatas que le permiten la supervivencia y responde positivamente a los acontecimientos y las caricias de los adultos.

Existe una gran variedad de señales: coger, sonreír, llorar y mirar a los ojos del adulto. Éstas ayudan a los recién nacidos a establecer un contacto cercano con otras personas.

Una vez que el adulto responde, el bebé fomenta que permanezca cerca, que le coja, le acaricie y le hable suavemente.

2. Fase de formación del apego (6 semanas a 6-8 meses).

En esta fase, los bebés empiezan a responder de forma diferente a un adulto conocido que a uno desconocido, pero aún no rechaza al extraño.

Por ejemplo, el bebé sonríe, ríe y balbucea más cuando interactúa con la madre o el padre y se calma más rápidamente cuando lo cogen.

3. Fase del apego bien definido (6-8 meses a 18-24 meses).

A partir de los siete meses, los bebés van desarrollando un vínculo de apego cada vez más estrecho.

Este vínculo se irá afirmando si la madre o el padre sigue un tipo de conducta estable y fijo, pero si cambia continuamente su comportamiento, el niño y la niña pierde la confianza y el vínculo afectivo se hace inestable, generando sentimientos de ansiedad e inseguridad.

Desarrollando el vínculo de apego hacia unas personas específicas, los bebés muestran signos de aflicción e inquietud cuando esas personas le abandonan, pero esos síntomas se reducen y desaparecen cuando la figura de apego vuelve a estar cerca.

Una de las indicaciones más claras del vínculo de apego es que la inquietud y la angustia del niño y la niña se reducen notablemente cuando está cerda de la madre, padre o cuidador/a. Esta experiencia le permite considerar a su madre o padre como una base segura a la que puede volver cuando siente miedo o angustia.

El miedo y desconfianza ante los extraños es una reacción natural que complementa el apego y que ayuda al bebé a evitar situaciones, personas u objetos que pudieran suponer algún peligro o daño. La ansiedad de la separación aparece de forma universal después de los 6 meses de edad, aumentando hasta alrededor de los 15 meses.

4. Fase de formación de una relación recíproca (18 meses a 2 años en adelante).

Al final del segundo año, el vínculo de apego se consolida, favorecido por el desarrollo de la comprensión lingüística, que enriquece considerablemente las interacciones, y el desarrollo de la capacidad de representación mental, que permite al niño y la niña interiorizar la imagen materna, lo que será fuente de tranquilidad y seguridad cuando la madre y el padre se ausenta, ya que de alguna manera la madre y el padre está con él o ella.

Como consecuencia, los niños y las niñas ya no necesitan realizar conductas para mantener la cercanía del adulto de forma tan insistente como hacían antes.

Esta representación interna del vínculo madre-padre-hijo/a se convierte en una parte muy importante de la personalidad.

5. A partir de los dos años, las conductas de apego, como el contacto físico, por ejemplo, van disminuyendo, lo que es atribuible a una mayor independencia y madurez y también a que el contacto se extiende gradualmente a un grupo más amplio de personas y ya no sólo se busca el contacto físico o visual, sino otras formas de relación e interacción.

Por otra parte, el apego y las conductas de apego no están limitados a la etapa infantil, ya que se dan también en adolescentes y adultos, aunque se producen con menor intensidad y frecuencia.

Los estudios longitudinales han puesto de manifiesto la existencia de relaciones entre el vínculo de apego en los primeros años y las interacciones sociales a lo largo del ciclo vital (Rice, 1997; Sroufe, 1985).

 

Bibliografía

Psicología del Desarrollo en la edad escolar.

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